(advertencia: el escrito es bastante largo, pero vale la pena)
Encontré un artículo que me pareció muy interesante y quiero compartirlo con ustedes. Habla sobre los determinantes del consumo máximo de oxígeno en mujeres y hombres, y cómo la ciencia está empezando, por fin, a mirar nuestras diferencias desde otro lugar.
El consumo máximo de oxígeno (VO₂max) es, en simple, la cantidad máxima de oxígeno que nuestro cuerpo puede usar durante un ejercicio intenso. Es una forma de medir qué tan eficiente es nuestro sistema cardiovascular y muscular para captar, transportar y usar oxígeno cuando estamos al límite del esfuerzo.
En el mundo del deporte y la fisiología, es algo así como “el techo” de la capacidad aeróbica. Cuanto más alto, más energía se puede producir con oxígeno, lo que se traduce en mejor rendimiento físico y, sí, también en salud cardiovascular.
Pero lo interesante no es el número en sí, sino cómo se ha interpretado históricamente. Y ahí empieza esta historia.
Hasta 1993, la ciencia no nos incluía
Durante décadas, casi todo lo que se sabía sobre la capacidad cardiovascular se basó en estudios hechos en hombres. Y cuando las mujeres aparecíamos, era como una “versión en miniatura” del mismo modelo, a la que se le aplicaban los mismos parámetros con algunos ajustes.
Hasta 1993, de hecho, las mujeres no estábamos incluidas en los ensayos clínicos de forma obligatoria.
Es así como se construyó la narrativa de que las mujeres tenemos “menor capacidad aeróbica” porque nuestros corazones son más pequeños y tenemos menos masa muscular. “Es biología básica”, decían. Yo escuché esa explicación en la universidad, la leí en libros de fisiología, incluso la repetí a pacientas. Y sonaba bastante lógico: más músculo, más sangre, más oxígeno, mejor rendimiento. Simple, ¿no?
Excepto que la ciencia rara vez es tan simple.
El estudio
Un grupo de investigadores noruegos decidió hacer algo que nadie había hecho con esta profundidad. Estudiar en tiempo real lo que pasa dentro del sistema cardiovascular de mujeres y hombres durante ejercicio máximo.
Reclutaron a 23 atletas de élite —10 mujeres y 13 hombres—, ciclistas y triatletas con un nivel de entrenamiento excepcional. Les insertaron catéteres en arterias y venas femorales (sí, suena tan incómodo como lo es) y les hicieron pedalear hasta el agotamiento mientras medían absolutamente todo:
- Cuánta sangre bombea el corazón por minuto (gasto cardíaco),
- Cuánta sangre se expulsa por latido (volumen sistólico),
- Cuánto oxígeno transporta cada litro de sangre,
- Y qué tan eficientemente los músculos lo usan.
Hasta acá, nada demasiado nuevo. Pero luego hicieron algo crucial. Normalizaron los resultados por masa muscular real, no por peso ni por superficie corporal. Y ahí cambió todo.
El corazón no era más débil, solo proporcional
Cuando miraron los valores absolutos, vieron lo que esperaban: corazones más pequeños, menos capacidad. Pero al ajustar por masa muscular, las diferencias desaparecieron.
Nuestro corazón bombea proporcionalmente la misma cantidad de sangre por kilo de músculo que el de los hombres. No somos más débiles. Nuestros corazones funcionan en proporción a los cuerpos que habitamos.
¿Qué hacia la diferencia?: la hemoglobina
La diferencia real estaba en otro lado: la hemoglobina.
Las mujeres del estudio tenían alrededor de un 10% menos de concentración que los hombres. Y como la hemoglobina es la encargada de transportar el oxígeno en la sangre, eso significa que, aunque nuestros corazones trabajen igual de bien, llega menos oxígeno a los músculos.
Y no es algo que se “arregle” con más entrenamiento. Es hormonal. La testosterona estimula la producción de glóbulos rojos, los estrógenos, no tanto. Por eso niñas y niños tienen niveles similares hasta la pubertad, cuando las hormonas marcan la diferencia.
Los músculos, otra sorpresa
Durante años también se creyó que nosotras compensábamos un “corazón más pequeño” con músculos más eficientes: más mitocondrias, más capilares, mejor uso del oxígeno.
Pero este estudio también lo midió. Resultado: prácticamente idéntico entre sexos. Nuestros músculos no son más eficientes. Son igual de eficientes.
La diferencia no está en la función, sino en el transporte del oxígeno.
Por qué esto importa y no solo para deportistas
Durante décadas, atletas y pacientas fueron evaluadas con parámetros diseñados para hombres. Se nos dijo que teníamos “menor capacidad”, que debíamos “entrenar más duro”, que nuestra biología nos ponía límites. Este estudio dice lo contrario. Nuestro sistema cardiovascular no es inferior, solo tiene otras condiciones. Y eso importa también fuera del laboratorio.
Porque cuando una mujer llega a consulta diciendo que se siente agotada, y su prueba de esfuerzo muestra un VO₂max bajo, el diagnóstico automático suele ser “mala condición física”.
Pero nadie pregunta por el ciclo menstrual, si sangra mucho cada mes. Nadie sospecha anemia ferropénica, una de las causas más comunes de fatiga en mujeres.
Entonces se le recomienda más ejercicio, ella se esfuerza, se agota más, y al final concluye que “simplemente no tiene resistencia”. Esta situación no se resuelve con más entrenamiento, porque ese 10 % menos de hemoglobina es hormonal y no se modifica con ejercicio.
Así se perpetúan los estereotipos, porque seguimos siendo evaluadas con parámetros que nunca fueron pensados para nosotras.
La letra chica: contexto y límites
Este fue un estudio pequeño, con atletas de élite. Intentaron controlar el ciclo menstrual, pero al final solo lo describieron. No podemos extrapolarlo a todas las mujeres, pero sí tomarlo como un punto de partida.
Nos deja claro que:
- El corazón escala con el músculo.
- La hemoglobina influye.
- Las supuestas “limitaciones femeninas” están sobreestimadas.
Lo que necesitamos son más estudios así, pero con una mirada amplia, que incluyan a mujeres de distintas edades, contextos, condiciones de salud y niveles de actividad. Porque cada vez que realmente nos estudiamos, los supuestos cambian.
Lo que significa para el resto de nosotras
No todas vamos a pedalear con un catéter en el muslo (y gracias por eso), pero este tipo de estudios nos da algo mucho más importante que un dato fisiológico. Una nueva narrativa sobre nuestros cuerpos.
Que nuestros corazones no son débiles.
Que nuestro cansancio no es flojera.
Que cada cuerpo tiene su propia historia fisiológica marcada por su contexto. Y que cuando dejamos de medirnos con estándares masculinos, descubrimos que nuestro cuerpo no necesita ser “optimizado”, sino comprendido.
Lo que cambia cuando la ciencia deja de usar un solo modelo
Este estudio es pequeño, sí. Pero ya está cambiando conversaciones. Nos ofrece un lenguaje diferente para hablar sobre nuestros cuerpos, no en términos de deficiencia, sino de especificidad.
Imaginemos lo que podríamos descubrir si esto fuera la norma, no la excepción. Si cada estudio, cada protocolo, cada guía médica nos incluyera, con toda nuestra diversidad. Seguramente, muchas de las “verdades” sobre nuestras supuestas limitaciones se caerían en cuestión de tiempo.
Estudiar nuestros cuerpos no es solo hacer mejor ciencia. Es una forma de justicia. Y, quién sabe, tal vez también una manera de reconciliarnos con nuestros propios cuerpos.
¿Qué piensas? ¿Te han dicho alguna vez que tus capacidades físicas eran "limitadas por ser mujer"?
Si llegaste hasta aquí, muchas gracias por leer.
Bibliografía
Skattebo, Ø., Martin-Rincon, M., Rud, B., Nielsen, J., et al. (2025). Determinants of maximal oxygen uptake in highly trained females and males: a mechanistic study of sex differences using advanced invasive methods. The Journal of Physiology, DOI: 10.1113/JP289218
