La formación en salud suele presentarse como objetiva, neutra y universal. Pero cuando miramos con atención, muchas de las decisiones clínicas, investigaciones y formas de entender el cuerpo se han construido sin considerar cómo el género influye en la salud. Y eso también afecta a la kinesiología.
Este 8 de marzo, en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, estamos viviendo momentos en los que nuestros derechos se ven cuestionados y donde ciertos temas, a propósito, se hacen ver cómo menos importantes. Es por eso que quiero hablar del enfoque de género en kinesiología.
¿Estamos realmente formados para atender a toda la población?
En teoría quisiera decir que sí. En la práctica, no siempre es así. Las ciencias de la salud suelen presentarse como neutras, objetivas y universales, como si el conocimiento que usamos aplicara igual para todas las personas, en todos los contextos.
Pero no siempre ha sido así, y en muchos casos aún no lo es.
Durante mucho tiempo, gran parte de la investigación en salud se realizó principalmente con hombres. Y mucho del conocimiento que aprendimos se construyó desde un enfoque biomédico bastante acotado: músculos, tejidos, articulaciones, variables medibles.
Ese enfoque ha permitido avances enormes, por supuesto. Pero también deja algo fuera.
Nuestros cuerpos no existen aislados de la vida real. Vivimos en contextos sociales que influyen en cómo nos enfermamos, cómo nos recuperamos, cuánto tiempo tenemos para rehabilitarnos o incluso en cómo expresamos el dolor.
¿Por qué el género importa?
El género son las expectativas sociales, los roles y las normas culturales que moldean nuestra vida cotidiana; en otras palabras, las condiciones en que las cuales vivimos y experimentamos nuestros cuerpos.
En rehabilitación, por ejemplo, se ha observado que ciertos estereotipos aparecen incluso en profesionales con muy buena formación.
A nosotras, históricamente, el dolor nos ha sido invisibilizado o minimizado bajo etiquetas como exageradas o histéricas. Y esto lo digo con conocimiento de causa: me enseñaron a no creer demasiado en el dolor de las mujeres. Por otro lado, a los hombres se les cree inmediatamente cuando algo les duele, porque “ellos no exageran”. Pero, al mismo tiempo, según el estereotipo masculino, deben ser fuertes y no mostrar signos de debilidad.
No siempre se trata de discriminación consciente. Muchas veces son ideas tan normalizadas que ni siquiera las cuestionamos.
Pero igual influyen.
En la literatura esto se conoce como sesgo de género en salud: diferencias en la forma de evaluar o tratar a las personas que no necesariamente se explican por la condición médica, sino por expectativas sociales sobre hombres y mujeres.
Y esto no afecta sólo a las mujeres.
También influye en cómo se interpreta el dolor en hombres, en las barreras que enfrentan personas LGBTIQ+ al acudir a servicios de salud o incluso en el diseño de programas de rehabilitación que asumen que todas las personas tienen la misma disponibilidad de tiempo, apoyo familiar o condiciones laborales.
Un tema del que casi no se habla en la formación
Lo problemático es que muchos de estos temas casi no aparecen en la formación profesional (de esto hablaré en otra oportunidad).
La mayoría de las y los kines egresamos con una sólida base biomédica, pero con pocas herramientas para analizar cómo las desigualdades sociales influyen en la salud y en la rehabilitación.
Y eso limita la práctica clínica más de lo que creemos. Incorporar el enfoque de género en kinesiología significa ampliar el lente con el que miramos la salud. En la práctica clínica eso también implica detenerse a formular algunas preguntas clave:
¿Estoy interpretando este síntoma desde un estereotipo?
¿Mis recomendaciones consideran el contexto real de esta persona?
¿Existen barreras sociales que están afectando su rehabilitación?
¿Estoy asumiendo cosas sobre su cuerpo, su rol o su estilo de vida?
No siempre vamos a tener respuestas claras para todo. Pero empezar a hacerse estas preguntas ya cambia bastante la forma de mirar.
Para no dejar fuera a la mitad de la población
Si la kinesiología quiere ser realmente una disciplina centrada en las personas, necesitamos reconocer que las personas no viven fuera de la sociedad.
Y variables como el género influyen en la salud, en el movimiento, en el dolor, en la adherencia a tratamientos y en el acceso a cuidados.
Formarse en enfoque de género es esencial para entender mejor a quienes atendemos. Porque cuando ignoramos el papel que juega el género en la salud, no estamos siendo más objetivos: estamos dejando fuera dimensiones sociales que atraviesan la realidad de las personas.
Si llegaste hasta aquí, gracias por leer. ¿Tú también has notado esto en tu práctica o en tu formación?
