Quiero hablar de algo que nos atraviesa a todas y que pocas veces cuestionamos: el control sobre nuestros cuerpos. Desde siempre, se nos ha enseñado que debemos moldearlo, vigilarlo y corregirlo para encajar en lo que la sociedad espera de nosotras. Desde niñas, aprendemos que nuestra apariencia define nuestro valor y que estar "adecuadas" físicamente nos hará ser aceptadas, queridas y exitosas.
Lo más insidioso de este sistema es que no necesitamos que alguien nos lo imponga con reglas estrictas, porque ya está en todos lados: en los medios, en las conversaciones, en los comentarios sobre nuestros cuerpos. Terminamos haciendo nosotras mismas el trabajo de vigilancia. Miramos la báscula, controlamos lo que comemos, nos sentimos culpables si no hacemos ejercicio o si nuestro cuerpo no se ajusta a la "norma". Y lo peor es que creemos que hacerlo es una decisión propia.
El filósofo Michel Foucault habló sobre el concepto de biopoder, que se refiere a la forma en que el poder controla nuestros cuerpos no con violencia directa, sino con normas y discursos que hacen que nos autovigilemos. En este caso, nosotras internalizamos la idea de que debemos vernos de cierta manera para ser valoradas, generando una constante vigilancia sobre nuestros propios cuerpos. Esta autoexigencia responde a un sistema que ha determinado qué cuerpos son aceptables y cuáles no.
Nos dicen que tener un cuerpo delgado, tonificado y joven es símbolo de salud, disciplina y hasta éxito. Pero, ¿alguna vez nos detenemos a pensar quién decidió que eso es lo correcto? Nos hacen creer que controlar nuestro cuerpo es empoderarnos, cuando en realidad es otra forma de seguir una regla impuesta. La filósofa Judith Butler explica que el género no es algo natural, sino una construcción social que repetimos una y otra vez hasta que parece inmutable. En este sentido, la idea de que un cuerpo femenino "debe" ser delgado y moldeado no es más que una norma impuesta que hemos aprendido a aceptar.
El problema no es el ejercicio ni la alimentación, sino el motivo detrás de ellos. Cuando la motivación viene de la presión externa y del miedo a no ser suficientes, terminamos atrapadas en una jaula invisible, donde siempre hay algo que mejorar, algo que no es suficiente. Gastamos tiempo, dinero y energía tratando de "corregir" un cuerpo que nunca estuvo mal en primer lugar.
El concepto de panóptico, propuesto por el filósofo Jeremy Bentham y desarrollado por Foucault, ayuda a explicar esto. En una prisión panóptica, los prisioneros no saben si están siendo vigilados en todo momento, así que terminan comportándose como si siempre los observaran. Algo similar sucede con nuestro cuerpo, aunque nadie nos esté mirando todo el tiempo, sentimos que debemos actuar como si lo hicieran, controlándonos sin que nadie nos lo ordene directamente.
Romper con esto no es fácil, pero es posible. Y vale la pena preguntarnos: ¿hago esto porque lo deseo o porque siento que debo hacerlo? ¿Qué pasaría si dejara de intentar encajar? ¿Cómo sería mi relación con mi cuerpo si dejara de medirlo y juzgarlo todo el tiempo?
Reflexionar sobre el control que se ejerce sobre nuestros cuerpos es dar el primer paso para recuperar la autonomía y desafiar un sistema que, bajo la promesa del "cuidado personal", nos mantiene atrapadas en una celda sin barrotes, pero con espejos en cada pared. Merecemos existir sin estar en constante evaluación. El poder no está en alcanzar un estándar, sino en cuestionar por qué nos sentimos obligadas a cumplirlo y encontrar formas más justas de habitar nuestro cuerpo.
¿Te has sentido presionada por estas normas? ¿Cómo ha sido tu experiencia con la autoexigencia y la vigilancia del cuerpo? Comparte tu opinión en los comentarios, porque hablar de esto es el primer paso para cambiarlo.
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