Lo escuché desde que era pequeña: las niñas buenas se quedan quietas. Nos dicen: quédate quieta, no corras, no te subas ahí, no sudes, no ensucies la ropa, cuidado por dónde andas, siéntate con las piernas juntas. A ellos no. A ellos es todo lo contrario. Pero aquí no hablaré de ellos, sino de nosotras.
"Sosiégate, niña."
Lo oía en mi niñez cada vez que una niña hablaba mucho, cantaba, reía fuerte, corría, trepaba... en fin, cada vez que se atrevía a ser ella misma. Aprendí pronto que las buenas niñas no hacen ruido, sonríen sin exagerar, se mueven con gracia y gesticulan con moderación. En resumen, son femeninas.
Este tema me apasiona. Como kinesióloga y estudiosa del movimiento, me interesa entender cómo la socialización de género moldea la forma en como nos movemos y ocupamos el espacio. ¿Qué implica para nosotras el quedarnos quietas? ¿Por qué la moderación sigue siendo una virtud en las mujeres?
Pausa un momento y piensa: ¿Qué recuerdos tienes de tu niñez sobre cómo debías moverte? ¿Sentiste alguna vez que debías contenerte?
También fui educada bajo el mandato de la quietud y la moderación. Recuerdo que había juegos permitidos y otros que no eran para mí. Curiosamente, los que más me atraían eran los que jugaban mis primos: correr a toda velocidad, trepar, construir cosas, inventar historias de piratas y héroes espaciales. Pero siempre había un adulto que me devolvía a mi lugar:
"Las niñitas no hacen eso".
"Las niñitas son delicadas."
"No puedes jugar como los niños."
Y la infaltable tía con su sentencia lapidaria: "Hay que cuidar que la niña no se vuelva marimacha".
Así volvía a mi espacio asignado: a las muñecas, a las tacitas, a la quietud.
La violencia de la contención.
La médica Carme Valls Llobet, en su libro Mujeres invisibles para la medicina, habla de la violencia de la contención: esa que nos obliga desde pequeñas a moderar nuestros movimientos. Nos enseñan a sentarnos con las piernas cruzadas, a no correr, a quedarnos quietas como adornos, a no reír fuerte, a obedecer sin cuestionar.
¿Violencia? Si. Y como toda violencia normalizada, pasa desapercibida.
Cuando somos niñas, explorar el mundo es parte de nuestro desarrollo: trepar, correr, saltar, caernos y volver a levantarnos. Así fortalecemos nuestros músculos, nuestra coordinación, nuestra resistencia. Sin embargo, el mandato de la quietud nos priva de ese derecho.
Y ahora piensa: ¿En qué momentos te sigues conteniendo hoy? ¿Cómo se manifiesta esta "quietud" en tu vida adulta?
Como bien dice Lala Pasquinelli en su libro La estafa de la feminidad, la quietud impuesta nos impide desarrollar nuestra fuerza y destrezas. Está demostrado que, desde la niñez, las niñas tienen menos exposición al movimiento que los niños. Nos educan para ser gráciles y moderadas, y luego nos dicen que somos más débiles, más torpes, menos aptas.
La belleza de la fragilidad
Las mujeres que se mueven, que ocupan espacio, que se arriesgan, no encajan en el ideal de belleza. Son toscas, rudas, marimachas. Todo lo asociado a la fuerza física y la potencia se considera contrario a la feminidad.
Porque la belleza femenina es frágil. No hay lugar para la fuerza en el concepto de lo bello. La mujer bella no debe ser amenazante. Debe ocupar poco espacio, ser accesible, amable, cordial, delicada.
Y entonces me pregunto: ¿a quién le conviene que no nos sintamos cómodas en nuestros cuerpos? ¿A quién le sirve que creamos que somos débiles?
Pregunta para ti: ¿Cuántas veces te has limitado por miedo a "no verte femenina"?
El mito de la debilidad
Desde pequeña escuché que las niñas eran más débiles que los niños, más torpes, más propensas a caerse. Me decían que no debía jugar brusco porque las niñas no hacen eso, que no debía trepar árboles porque podía caerme, que debía tener más cuidado porque las niñas son más frágiles por naturaleza.
Pero yo sabía que no era más débil. Sabía que, si me daban la oportunidad, podía correr, trepar y saltar igual que mis primos. El problema es que esas oportunidades cada vez eran menos. Había actividades permitidas: baile, gimnasia, todo lo que fuera bello y grácil. Y si hacíamos algo que no encajaba en esa estética, debíamos hacerlo ver bonito, no para nosotras, sino para los demás.
Nos enseñaron que la fragilidad es un rasgo femenino. Nos hicieron creer que la debilidad es natural en nosotras, cuando en realidad fue aprendida.
Desafío para ti: La próxima vez que sientas que debes moverte "con gracia" o "con delicadeza", pregúntate: ¿Esto lo hago porque quiero, o porque me enseñaron que así debe ser?
La fuerza física nos pertenece
Crecimos creyendo que éramos más débiles que los niños. Y ellos crecieron creyendo que eran más fuertes que nosotras. Qué conveniente en un mundo donde nos violentan solo por ser mujeres.
Pero la debilidad es un concepto cultural. No somos frágiles por naturaleza, fuimos educadas para serlo. Si nos enseñan desde pequeñas a quedarnos quietas, a contener nuestros movimientos, a moderar nuestra fuerza, claro que vamos a ser más débiles. Y claro que van a dudar de nuestras capacidades físicas, incluso nosotras mismas.
Lo viví en carne propia cuando trabajaba en la unidad de cuidados intensivos. Mis pacientes y colegas asumían que mi compañero varón debía encargarse de las maniobras de fuerza. No importaba que yo estuviera entrenada para hacerlo. A veces incluso yo misma dudaba. Así de fuerte puede ser el peso de la idea de fragilidad.
Pero quede claro: nuestra debilidad es una mentira. Nos educaron para encarnar ese ideal.
Hoy pregúntate: ¿Qué harías si supieras, sin dudarlo, que eres fuerte?
Para que ninguna niña crea que es frágil
Si tienes niñas cerca, si trabajas con niñas, por favor cuestiónate esto. Ninguna niña debería crecer creyendo que es débil, torpe o menos capaz. Ninguna de nosotras debe creérselo.
Porque no quiero niñas que tengan que ser buenas.
Quiero niñas que sean libres. Quiero mujeres libres.
¿Por dónde empezar?
Si has llegado hasta aquí, probablemente algo de lo que leíste te hizo ruido. Quizás sientas rabia, tristeza o una chispa de rebeldía. Quizás te reconociste en alguna de estas historias.
Lo importante es que no necesitas demostrarle nada a nadie, ni compensar el tiempo perdido. Puedes empezar a recuperar el movimiento a tu ritmo, desde el placer y la curiosidad, no desde la obligación.
Aquí algunas ideas para dar ese primer paso:
Recuerda un momento en el que te sentiste fuerte. ¿Cómo se sintió tu cuerpo en ese instante?
Haz una actividad física sin exigencias. Sin reloj, sin meta, sin la presión de que “cuente”. Solo muévete y observa cómo se siente.
Nómbralo cuando lo veas. Cuando alguien insinúe que las niñas o mujeres son más débiles, cuestiónalo en voz alta. Solo desafiando estos mitos podemos dejar de normalizarlos.
Dale espacio al movimiento en tu vida. No tienes que ir a un gimnasio ni hacer rutinas estructuradas. Jugar, bailar, estirarte, caminar… todo eso también es movimiento.
Y ahora dime: ¿Cuál de estas acciones vas a probar primero?
Bibliografía
Carme Valls Llobet. Mujeres invisibles para la medicina. CAPITÁN SWING LIBROS; 2020.
Pasquinelli L. La estafa de la feminidad. Planeta Argentina; 2024.
Zheng Y, Ye W, Korivi M, Liu Y, Hong F. Gender differences in fundamental motor skills proficiency in children aged 3-6 years: A systematic review and meta-analysis. Int J Environ Res Public Health. 2022;19(14):8318. http://dx.doi.org/10.3390/ijerph19148318
Análisis de la coordinación motora global en escolares según sexo, edad y nivel de actividad física Andrés Rosa Guillamón. Eliseo García Canto, Héctor Martínez García;2020, Retos, 38, 95-101
Young IM. Throwing like a girl: A phenomenology of feminine body comportment motility and spatiality. Hum Stud. 1980;3(1):137–56. http://dx.doi.org/10.1007/bf02331805