Ni etéreas ni ninfas: desmontando la fantasía de la mujer frágil

Ni etéreas ni ninfas: desmontando la fantasía de la mujer frágil
¿Te han dicho alguna vez que las mujeres deberíamos ser delicadas, gráciles, casi irreales?

¿Te han dicho alguna vez que las mujeres deberíamos ser delicadas, gráciles, casi irreales? Es el mito de las ninfas y las musas, esas figuras etéreas que parecen flotar en lugar de caminar, con la piel bañada por la luz de la luna y cabellos que desafían la gravedad. Pero aquí va un recordatorio importante: esa fantasía no es nuestra. Es de ellos.

Sí, esa imagen que flota por las redes, en las películas y hasta en los suspiros de algún poeta barato, no es más que un producto del imaginario masculino que, por siglos, ha intentado definirnos como bellas, dóciles, flotantes. El problema con esa imagen de mujer "ninfa" es que no es real. Nunca lo fue. Pero, aun así, nos seguimos midiendo con esa vara imposible. Nos dicen que debemos ser delicadas, suaves, sin ocupar demasiado espacio. Y si no encajamos, aparece la culpa. Pero seamos claras: las mujeres reales no somos ninfas. Somos de carne y hueso. Tenemos cuerpos diversos, con curvas, pliegues, cicatrices y una fuerza que muchas veces subestimamos. Y es esa fuerza la que el mito de la belleza etérea nos intenta arrebatar.

La trampa del mito: ninfas, musas y otras ilusiones

El mito de la mujer frágil no es casualidad ni inofensivo. La figura de la ninfa, como muchas otras, es un recordatorio constante de lo que deberíamos ser según un estándar inalcanzable. Es la perfección que nunca se despeina, la delgadez que no suda, la fragilidad que no ocupa espacio. Y cuando nos enfrentamos a este ideal imposible, surge el daño: culpa, inseguridad y una relación tóxica con nuestros cuerpos.

Uno de los ámbitos más afectados por estos estereotipos es el del ejercicio físico. Se nos dice que ciertos deportes son "demasiado rudos" para nosotras, que debemos cuidar nuestra figura y evitar desarrollar músculos. Esta idea de la mujer como un ser frágil y delicado nos limita a la hora de elegir actividades físicas y nos impide disfrutar de los beneficios del ejercicio. Aunque las mujeres fuertes existen en todos lados, esos cuerpos no se ajustan al ideal que la cultura define como femenino, y mucho menos como bello. Privarnos del deporte por temor a parecer "masculinas" no solo nos aleja de explorar nuestra potencia, habilidades y conexión corporal, sino que también nos excluye de las experiencias sociales que el deporte fomenta, una parte fundamental de la vida masculina que se nos ha negado. Esa vida social es fundamental para desarrollar habilidades, vínculos, redes y posibilidades cuando salimos al mundo, por eso se potencia en los hombres y se limita deliberadamente en nosotras.

Piénsalo: ¿Cuántas veces se fomenta en los hombres la práctica de deportes como una forma de fortalecer vínculos y desarrollar habilidades? Ahora pregúntate, ¿Cuántas veces nosotras hemos recibido ese mismo mensaje? …

Ejercicio: más que una herramienta para agradar

Las ninfas no hacen ejercicio porque no existen. Y tú, que existes, no necesitas moverte para cumplir con un canon absurdo. El ejercicio no es para "volvernos" algo que no somos. Es para conectar con lo que ya somos: fuertes, capaces, increíbles. Y esa fuerza no tiene un tipo de cuerpo ni una talla definida.

La próxima vez que pienses en ejercicio, hazlo desde otro lugar. Hazlo para ti, no para un ideal. Si vas a una clase de yoga, que sea para disfrutar el estiramiento, no para "hacerte más delgada." Si sales a correr, que sea para sentir el viento en la cara, no para "quemar calorías." Empieza a celebrar lo que tu cuerpo puede hacer, no solo cómo luce.

Mujeres reales, movimientos reales

Es tiempo de cuestionar y desterrar ese mito que nos reduce a musas o ninfas, a seres frágiles y delicados. No somos inspiración pasiva de nadie. Somos creadoras activas de nuestra historia. Y nuestras historias no necesitan ser etéreas; pueden ser fuertes, crudas, reales.

Cuando una mujer corre, no se desafía solo el terreno, se desafía siglos de condicionamiento. Cuando una mujer levanta pesas, no levanta solo kilos, levanta barreras impuestas. Y cuando una mujer elige moverse por placer y no por estética, empieza a escribir una narrativa nueva: la suya.

No somos musas, ni ninfas, ni un sueño de nadie más que el nuestro. Somos reales. Y eso es mucho más poderoso que cualquier fantasía. Así que la próxima vez que te encuentres frente al espejo, recuerda: no necesitas flotar para brillar. Camina, corre, salta, haz lo que quieras, pero hazlo por ti. Porque tu cuerpo no es un adorno; es una herramienta para vivir plenamente.

¿Y tú? ¿Sigues persiguiendo ninfas o estás lista para derribarlas? Comparte tu experiencia en los comentarios.

Bibliografía

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