El día 22 de marzo tuvimos el primer conversatorio sobre Actividad física en mujeres: ¿y si el problema nunca fuiste tú?, y las conclusiones a las que llegamos parecen atravesarnos a todas, de una u otra manera.
Hablamos de cómo los roles de género y la poca exposición al movimiento en la niñez nos dejaron huellas que aún cargamos. Muchas compartimos esa sensación de sentirnos poco aptas, torpes o "no hechas" para ciertas actividades físicas. También surgió el escaso apoyo de nuestras familias o cuidadores para explorar y encontrar qué nos gustaba hacer, algo fundamental para crear experiencias positivas a las que volver de adultas.
Esto no es una cuestión de culpar a nuestros padres o cuidadores. Es un reflejo de cómo funciona el sistema: las niñas tienen menos apoyo y menos espacios seguros para moverse. Y cuando los hay, suelen estar limitados a lo que se considera "adecuado" o "femenino": baile, ballet, gimnasia, tal vez atletismo. Pero, ¿y los otros espacios? Los considerados masculinos, en los que tenemos que performar en exceso feminidad y belleza para poder ser consideradas o "aceptadas"… y las que no queremos, simplemente quedamos fuera.
Los deportes de equipo —que hoy tienen más divisiones femeninas—, en nuestra niñez eran un territorio casi inaccesible. No solo faltaban grupos de niñas que entrenaran de manera constante, sino también personal dispuesto a acompañarnos, entendiendo que entrenar niñas no es lo mismo que entrenar niños. Y claro, tampoco había un respaldo económico que lo hiciera posible.
Aún hoy, el deporte femenino sigue siendo visto como "menos interesante" o "menos emocionante" para muchos. El financiamiento es escaso y las oportunidades limitadas. En el conversatorio, compartimos cómo no solo no tuvimos acceso a esos espacios, sino que tampoco contamos con mujeres referentes que nos hicieran pensar: "Yo también puedo estar ahí". Si no te ves, es difícil imaginarte en ese lugar. Aunque esto está cambiando, las niñas siguen recibiendo menos apoyo que los niños para explorar el movimiento en libertad.
Y no se puede ignorar otro mandato silencioso pero poderoso: el mandato de la quietud. Nos afecta a todas. Lo vemos en los relatos de quienes no se sienten adecuadas o suficientemente hábiles para moverse. Lo escuchamos en esas voces internas que preguntan: “¿Podré hacerlo bien?”, pero, sobre todo, “¿Cómo me veré haciéndolo y cómo me verán los demás?”
Porque en esta historia, el disfrute siempre queda en segundo plano. Lo que importa es cómo lucimos mientras nos movemos: la ropa, el maquillaje, los accesorios, la ejecución perfecta. Y si no encajamos en el ideal de belleza, el mensaje es claro: mejor pasar desapercibidas. No desentonar. No llamar la atención.
¿Dónde queda el placer de moverse solo porque sí?
Y cuando conseguimos disfrutar algo, parece no ser suficiente, porque siempre hay que ir más allá. Desde los mensajes del fitness que te dicen que no estás haciendo lo suficiente para alcanzar el cuerpo "ideal", hasta los discursos de la salud, donde el bienestar se presenta casi como un valor moral superior que lo justifica todo, sin importar si hay o no disfrute. Y, como si fuera poco, estos mensajes también ignoran una realidad ineludible: el tiempo. Porque en una sociedad que invisibiliza las tareas de cuidados y las labores domésticas, muchas veces es difícil —cuando no imposible— encontrar un espacio para moverse sin sentir que estamos fallando en algo más.
Pero, ¿qué pasa si no queremos ir más allá?
En el conversatorio, coincidimos en algo fundamental: nos importa más disfrutar el proceso que alcanzar una meta externa. Para muchas, lo valioso no es la competencia de fin de año, ni pasar de nivel, ni convertirnos en maestras de algo. Lo que nos mueve (literalmente) es la posibilidad de asistir a una clase o practicar una disciplina solo porque nos gusta y lo pasamos bien.
¿Qué pasa si solo quiero estar en una clase porque disfruto el movimiento? ¿Eso no es válido?
Muchas de nosotras, y me incluyo, sentimos que cuando llega el momento de la competencia o la evaluación, el placer desaparece. Porque el foco deja de estar en cómo nos sentimos y se traslada a demostrar que somos más, que podemos más.
“¿Cómo no quieres ser mejor?”, nos decían. Pero, ¿qué pasa si donde estoy ya me acomoda y mi cuerpo se siente bien así? ¿Por qué la satisfacción que ya experimento no es suficiente?
Esta conversación dejó claro que la presión por ser más, hacer más, exigirnos más está tan instalada que incluso cuando algo nos llena, el sistema nos empuja a sentir que deberíamos querer más. Incluso cuando ya estamos bien.
Y quizás, lo más revolucionario es reivindicar nuestro derecho a quedarnos donde nos sentimos cómodas. A disfrutar el movimiento por el simple hecho de hacerlo, sin la obligación de convertir cada experiencia en un desafío o una mejora constante.
La belleza del movimiento reside en su capacidad de adaptarse a cada persona, a sus circunstancias y a sus deseos. No existe un solo camino hacia el bienestar físico, y mucho menos una sola métrica de éxito.
Porque moverse también puede ser eso: un espacio propio, libre de exigencias, donde el placer no tenga que ser negociado.
¿Te has sentido alguna vez así? ¿Qué espacio de movimiento te gustaría recuperar si las reglas no importaran tanto?
Si estas reflexiones te resonaron, me encantaría saber qué piensas. ¿Te ha pasado algo parecido? ¿Qué te gustaría que cambiara en la forma en que vivimos el ejercicio? ¡Te leo!